Ichigo ichie 
Un momento, un encuentro. Todo lo que hacemos en la vida, es único e irrepetible. Levantarnos por la mañana, lavarnos la cara, preparar el desayuno, vestirnos, ir a trabajar… Podemos pensar que es siempre igual, pero es así solo en nuestra mente. En realidad, si somos capaces de vivir cada momento como único e irrepetible, si aprendemos a saborear cada pequeño cambio que se produce a nuestro alrededor, entonces ya nunca nada nos parecerá lo mismo, porque viviremos con plenitud el aquí y ahora, valorando las cosas más sencillas y abriendo nuestra percepción a los más profundos pensamientos y sensaciones.
Ichigo ichie no solamente se refiere a una forma de encuentro individual con el mundo, también al especial valor que tienen nuestras relaciones con los demás. Cada persona con la que nos comunicamos nos aporta infinidad de conocimientos y sensaciones. Si reflexionamos bien sobre ello nos daremos cuenta de que a lo largo del día hablamos con los demás sin ser casi conscientes de lo que estamos diciendo. Siempre vamos con el piloto automático puesto, anulando así nuestra capacidad de percepción y perdiendo oportunidades de agradecer y valorar cada pequeño encuentro.
En el keiko se repiten técnicas una y otra vez, pero la razón por la que existen practicantes de muy avanzada edad que siguen repitiendo las técnicas a lo largo de los años, es porque han aprendido a apreciar cada pequeño detalle como un tesoro que se les revela día a día y que aunque externamente pueda resultar idéntico, en su interior es como un río que fluye sin final. Así, siguiendo este principio, el practicante, en la vida y en el keiko, flota como un tronco sobre el agua que fluye (ryûsui fuboku), ya que no está entrenando su cuerpo, sino algo intangible y eterno: su espíritu.
José Antonio Martínez Oliva, Abril de 2012.
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Aru ga mama ni
Las cosas son como son.
Cualquiera de nosotros puede pensar que hoy sin ir más lejos ha tenido un buen día, o quizás uno no tan bueno. Cualquiera de nosotros puede pensar que su vida está llena de problemas. Todos determinamos nuestra visión de las cosas a través de nuestros juicios de valor sobre las mismas. Pero hay algo de lo que no nos damos cuenta, porque estamos demasiado ocupados pensando en que etiqueta asignarle a cada evento de nuestra vida. Ese algo es la esencia misma de las cosas.
Todo es como es. No hay más. A veces es muy conveniente echar el freno de mano de los pensamientos y estacionar nuestra mente en el parking de la respiración para ver como el incesante tráfico no nos deja ver el paisaje.
Os propongo este ejercicio. Cerrad los ojos durante un par de minutos y, durante ese tiempo centraros única y exclusivamente en vuestra respiración, sin nada más en vuestra mente. Esto es zen ¿verdad? La mayoría de los que estáis leyendo esto sabéis meditar perfectamente. Pero, y ¿qué pasa luego? Hacéis girar la rueda de la vida y después por algún extraño motivo la misma se para ante la más mínima complicación, o sencillamente os olvidáis de darle vueltas a la rueda. El espíritu del Budô que tanto amáis y practicáis con diligencia cada día no vive solamente en los momentos de la práctica, vive en todos los actos de vuestro día a día. Si sois capaces de mantener vivo ese espíritu las 24 horas del día finalmente os daréis cuenta de que vosotros sois lo más importante y de que vuestra salud, vuestra vida bien merece ser tomada tal y como es, quitándole todas las etiquetas mentales que os imponen desde fuera o que vosotros mismos adherís sin querer.
Quizás todo esto os pueda parecer profundo y complicado, pero es todo lo contrario, simple y asequible a cualquiera de nosotros. En nuestra mano está ver las cosas como son o verlas como nuestra mente nos impone. De una frase tan sencilla como “aru ga mama ni” se pueden aprender muchas y grandes cosas. ¿Quién ha dicho que para vivir bien haga falta mucho más?
José Antonio Martínez Oliva, Mayo de 2012.
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